23F: otro indicio más del gran montaje de la Transición

Una de las historias preferidas por los investigadores españoles de la conspiración siempre ha sido la del 23F: aunque toda la historia que salió a la luz pareció redonda, han sido las informaciones que poco a poco se han ido filtrando por distintas personalidades lo que ha escrito una versión alternativa de los hechos.

Hoy, lo que dicen las fuentes oficiales sobre el golpe de Estado de Tejero, por entonces teniente general de la Guardia Civil, queda en entredicho por numerosas declaraciones, algunas más fiables que otras. Aunque ha habido muchos autores como Alfredo Grimaldos en su libro “La sombra de Franco en la Transición” o como Amadeo Martínez Inglés con “23F. El golpe que nunca existió”, una información que se publicó en internet el año pasado desmonta la hegemonía de la versión oficial por la identidad de sus supuestos protagonistas: Sabino Fernández Campo, el que fue jefe de la Casa del Rey durante aquellos acontecimientos y mucho tiempo después, le concedió al político Iñaki Anasagasti algunos datos dignos, por lo menos, de ser escuchados.


Iñaki, todo según lo publicado en su blog, se citó con Sabino para tomar un café, como habitualmente hacían. Pero no iba a ser una velada cualquiera: llevaba consigo unos folios manuscritos por él mismo y que cedió a Iñaki para que leyera. Aunque no le permitió llevarse los papeles o hacer copias, sí que le dio permiso para tomar ciertos apuntes sobre su contenido.

Era, ni más ni menos, la forma en la que vivió Fernández Campo la tarde del 23F en el palacio de la Zarzuela, mano a mano con el rey Juan Carlos.

Según esta versión, la forma en la que el monarca inició las gestiones para solucionar aquella tremenda crisis, fue muy sospechosa:

Sabino entra al despacho del rey justo después de enterarse de los tiros en el Congreso. Allí se encuentra a Juan Carlos hablando por teléfono:

– ¡Alfonso!, ¿qué pasa? ¿Qué han sido esos tiros?

– ¡Qué coño es eso de intimidación! ¡Eso no estaba previsto! ¡Quiero saber urgentemente lo que está pasando ahora mismo allí!

Más tarde, Sabino llama al Congreso de los Diputados para tener información de primera mano sobre lo que está sucediendo. La persona encargada de informar, según Sabino, le comunica que  “Tejero había dicho que aquello lo hacía ¡¡EN NOMBRE DEL REY!!“.

Fernández Campo vuelve al despacho del rey para que le aclare esa información. Así fue la conversación:

– Sí, Sabino, la cosa es grave. Creo que debemos autorizar a Armada a que venga a la Zarzuela y nos explique detalladamente lo que está pasando, porque creo que aquí están pasando cosas que no estaban previstas.

– ¿Cosas que no estaban previstas? ¿A qué se refiere Su Majestad?

– Bueno, es un decir (pero, por primera vez noté cierto nerviosismo en el Rey, como si quisiera ocultarme algo)

La conversación sigue y Sabino le recomienda a ‘su majestad’ que se comunique a los españoles a través de TVE y que debe hablar con los capitanes generales de las regiones militares. Lo que sucedió después de gestionar lo de la televisión,  lo cuenta así el protagonista: “me dirigí de nuevo al despacho de Su Majestad y cuando entré me llevé la sorpresa de la noche, qué digo, la sorpresa de mi vida. Porque allí se estaba brindando. Y eso me nubló la mente y me enfureció. Así que, y ya sin protocolos, me dirigí a Su Majestad y sin pensarlo le dije mirándole de frente:

– ¡Señor!… ¿Está usted loco? Estamos al borde del precipicio y usted brindando con champán –y casi grité- ¡Señor!, ¿no se da cuenta de que la Monarquía está en peligro? ¿No se da cuenta que puede ser el final de su Reinado? ¡¡¡Recuerde lo que le pasó a su abuelo!!!

Sigue Sabino: “Entonces la cara del Rey cambió de color y vi cómo sus manos le empezaron a temblar y en voz casi inaudible mandó salir a los allí presentes, que de inmediato abandonaron el despacho. Todos, menos la Reina, que tenía cara de póquer“.

Después de esta escena tan bizarra, el rey se quedó con Sofía y con Sabino. Entonces, Juan Carlos le cogió la mano, “tembloroso y casi llorando”, y en tono suplicante le dijo:

– ¡Sabino, por favor sálvame! ¡Sálvame, salva a la Monarquía, ahora mismo no sé lo que hago ni qué decir!

¿Un teatrillo repentino para que a Sabino no le diera un ataque al corazón y, lo más importante, para que tampoco descubriera todo el pastel?

La cosa continúa, con el rey casi de rodillas, y de repente suelta la bomba:

-¡Lo sabía, lo sabía! ¡Yo lo sabía!

– ¿Qué sabía, Señor?

Lo que iba a pasar.

Es posible imaginarse lo apoteósico del momento. Sabino lo describe así en sus manuscritos: “En ese momento la Reina se levantó y sin decir nada salió del despacho. Y yo me derrumbé. Me temblaban las piernas“.

Fernández intenta poner un poco de cordura en esa escena de telefilm cutre de serie B (como lo fue casi todo en la transición española) y le comunica al rey, una vez más, que debería hablar con los capitanes generales. Era la prioridad en ese momento. Además, le recomienda que se pongan medidas para aumentar la seguridad en el palacio. Lo que le contestó el rey después, cuenta Sabino, fue lo siguiente:

– Sí, tienes razón… pero, no te vayas de aquí.

Así detalla sabino el orden de las llamadas: “Y allí permanecí mientras el Rey hablaba por este orden, con Jaime Milans del Bosch (III Región Militar), Guillermo Quintana Lacacci (I Región), Pedro Merry Gordon (II Región), Antonio Pascual Galmes (IV Región), Antonio Elícegui Prieto (V Región), Luis Polanco Mejorada (VI Región), Angel Capano López (VII Región), Manuel Fernández Posse (VIII Región), Antonio Delgado Álvarez (IX Región), Manuel de la Torre Pascual (Baleares), Jesús González de Yerro (Canarias) e Ignacio Alfaro Arregui, en ese momento Presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor (JUJEM) y Luis Arébalo Peyuz, almirante jefe del Estado Mayor de la Armada”.

Lo último, lo que cierra los manuscritos después del párrafo anterior, es esta frase: “De lo que habló el Rey con los altos mandos del ejército hablaré en la siguiente entrega“.

Iñaki Anasagasti, absolutamente conmocionado por lo que acababa de leer, mantiene la siguiente conversación con el por entonces ya exjefe de la Casa del Rey:

– ¡¡Esto es una bomba, Sabino!!

– Ya lo sé.

– Esto lo cambia todo.

– Ya lo sé.

Esto cambia la Historia.

– Ya lo sé… pero es la Verdad.

– ¿Sabes lo que puede suceder si esto se publica?

No se publicará, al menos mientras yo viva.

El político vasco sigue indagando y preguntando para acabar de digerir todos los datos que se le acababan de descubrir. En un momento de la conversación, Sabino confiesa:

– Sí, me veo encadenado a mis propias palabras y a todo lo que he venido diciendo desde 1981. Yo ayudé a crear la versión que ha pasado a la Historia y desdecirme ahora seguro que me lo echarían en cara todos.

Así es cómo justifica Fernández Campo su temor a que la historia que él vivió salga a la luz. En el último momento de aquel encuentro, llegando a un punto casi metafísico, Sabino le dice a Iñaki: “entre la Historia, la Monarquía, el Rey o la Verdad, yo prefiero quedarme con la Verdad. Es mi conciencia“.

Un documento que, aunque deje esa intriga al final, añade todavía mas dudas sobre lo que verdaderamente sucedió aquel día de febrero de 1981. Con la diferencia, claro está, de que la fuente es de primera mano y corresponde a uno de los protagonistas directos de los hechos. El valor de esta información es enorme y, por tanto, susceptible de ser ocultada, como así ha sucedido. Ningún medio de comunicación masivo con un público relevante mencionó jamás lo contado por Anasagasti en su bitácora digital. Sabino murió en octubre de 2009 y se desconoce si dejó alguna información para su póstuma publicación. Sólo ha salido este documento a la luz una vez falleció.

Además del texto que acabamos de analizar, los investigadores contrarios a la versión oficial siempre han sostenido los siguientes argumentos para defender la teoría de la conspiración:

La credibilidad del rey no acababa de cuajar ni a nivel nacional ni a nivel internacional. Una buena estrategia sería erigirse como salvador de la nación. Y la forma más barata y rápida de hacerlo sería tumbar un golpe de Estado. “Españoles, ¿queréis más franquismo o esta cosa a la que hemos llamado democracia?” fue la pregunta que se lanzó con los disparos de Tejero.

-El momento del golpe fue, además, el día que en el Congreso tomaba posesión del cargo de presidente del Gobierno Leopoldo Calvo-Sotelo tras la dimisión de Adolfo Suárez. Los españoles estaban viendo cómo esa cosa llamada democracia permitía que una persona en la que habían confiado con sus votos podía irse y nombrar a alguien no electo. Además. la UCD (partido del gobierno por entonces) tenía raíces franquistas, y sus intentos de maquillaje no acababan de convencer. Así, esa sesión parlamentaria, además de ser el escenario ideal para dar un golpe por la inestabilidad que supuso la dimisión de Suárez, era un ingrediente más de la falta de credibilidad del recién estrenado sistema político en España. Los españoles, al ver lo que hubiera sido la alternativa a ese sistema, aclamaron al rey como “garante de la Constitución y de la democracia”.

-El 23F no fue un montaje en sí, sino la utilización inteligente de unos ‘tontos útiles’. Los servicios de seguridad, al parecer, sabrían que se pretendía dar un golpe, y lo que hicieron fue dejar que se hiciera pero con todo bajo control, utilizando las circunstancias para ensalzar al rey.

-En cualquier Estado, dar un golpe es el mayor delito que se puede cometer. De hecho, en algunos países en los que no se contempla la pena de muerte se ha condenado con la pena capital a personas que han intentado imponer su poder por la fuerza. En otros, como mínimo, han sido condenados al destierro. ¿Qué le sucedió a Tejero? Pues que, después de un juicio ordinario, cumplió una pena de prisión muy discreta y ahora mismo vive en una malagueña localidad costera con un nivel de vida bastante alto. Además, se permite el lujo de opinar sobre actualidad política e intentar controlarla mediante denuncias y presiones, aunque nunca ha conseguido nada. ¿No parece un pitorreo?

-Los monárquicos justifican, desde entonces, que el rey es necesario por si dan otro golpe de Estado, y el único argumento con consistencia para ensalzar la figura de Juan Carlos fue su supuesto papel aquel día.

Pitorreo o no, desde luego podemos decir que el 23F está muy lejos de calificarse como un episodio aclarado en la historia de España.

Este artículo está publicado bajo licencia Creative Commons

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